Los Scoia’tael de The Witcher son grupos guerrilleros formados principalmente por elfos, aunque también cuentan con enanos y otros no humanos, que combaten la discriminación y el dominio de los reinos humanos. Conocidos como las Ardillas, representan una de las grandes contradicciones del universo de Andrzej Sapkowski: una resistencia nacida de agravios reales que puede terminar reproduciendo la crueldad de sus enemigos.
Comprenderlos exige mirar más allá de sus arcos, sus emboscadas y sus alianzas militares, porque su historia plantea una pregunta mucho más incómoda que la habitual disputa entre héroes y villanos: ¿qué sucede cuando un pueblo perseguido convierte la recuperación de su dignidad en una guerra que amenaza con destruir aquello que pretende salvar?
El conflicto entre humanos y no humanos permite leer The Witcher como una reflexión sobre la conquista, la memoria y los límites de la violencia política, sin que reconocer las injusticias de un bando obligue a justificar los crímenes del otro.
Este artículo contiene detalles argumentales de los libros y los videojuegos, cuyas continuidades se distinguen de la adaptación de Netflix.
¿Quiénes son los Scoia’tael y qué significa su nombre?
Scoia’tael significa «ardillas» en la lengua élfica, y el nombre se relaciona con las colas de estos animales que los rebeldes incorporan a su indumentaria. No constituyen un ejército nacional homogéneo, sino un movimiento organizado en comandos con autonomía operativa, integrado sobre todo por elfos y, en algunos casos, por enanos y medianos.
Esta estructura resulta importante para interpretar sus acciones: compartir una causa no implica que todos los combatientes tengan idénticos objetivos, acepten los mismos métodos o comprendan de igual manera el futuro por el que luchan. La reivindicación de una patria, la resistencia frente a la persecución y el deseo de venganza pueden coexistir dentro de un mismo movimiento, aunque conduzcan a decisiones muy distintas.
Por eso, reducir a los Scoia’tael a simples defensores del bosque empobrece su significado, mientras que presentarlos como criminales sin historia elimina las circunstancias que ayudan a explicar su existencia. La cuestión decisiva no consiste únicamente en determinar contra quién combaten, sino en examinar qué están dispuestos a hacer y a quiénes terminan sacrificando.
La conquista humana: el origen del conflicto entre humanos y elfos
La expansión humana sobre el Continente se desarrolla en territorios donde ya existían otras comunidades y civilizaciones. El desplazamiento de los elfos, la pérdida de sus asentamientos y la posterior consolidación de los reinos humanos forman parte del trasfondo del conflicto; sin embargo, tampoco debe imaginarse el pasado de los pueblos antiguos como una época completamente ajena a las rivalidades y la dominación.
La conquista no termina cuando concluyen las batallas, porque también transforma la manera de interpretar el territorio. Para quienes nacen bajo el orden establecido, una ciudad puede ser simplemente su hogar, mientras que para quienes conservan la memoria de la expulsión representa la prueba de una pérdida todavía vigente.
De ahí nace una dificultad que ninguna consigna resuelve por sí sola: reconocer la injusticia de una desposesión no convierte en culpable individual a todo descendiente de los conquistadores, pero tampoco permite utilizar el paso del tiempo como argumento suficiente para negar los agravios que continúan reproduciéndose.
Una lectura fértil de The Witcher debe sostener ambas consideraciones, evitando tanto la idealización de una pureza ancestral como la comodidad de afirmar que toda victoria acaba convirtiéndose, por antigüedad, en un derecho indiscutible.
Filavandrel y Toruviel: la dignidad no elimina la crueldad
El relato «El confín del mundo», incluido en El último deseo, ofrece una aproximación especialmente reveladora al enfrentamiento. Geralt y Jaskier quedan en manos de unos elfos entre los que se encuentran Filavandrel y Toruviel; esta última maltrata a los cautivos y rompe el laúd del bardo, mientras que el diálogo posterior no evita por sí mismo la amenaza de ejecución.
La escena impide refugiarse en una identificación moral automática. El sufrimiento de una comunidad puede hacer comprensible su amargura, pero no convierte a cualquier persona capturada en responsable de ese sufrimiento, ni transforma la humillación del prisionero en un acto de justicia.
Filavandrel permite plantear, además, el dilema entre supervivencia y dignidad: aceptar las condiciones del vencedor puede parecer una renuncia insoportable, aunque rechazar cualquier convivencia tampoco garantice que exista una alternativa viable.
Lo verdaderamente perturbador es que ambas posiciones pueden contener una parte de verdad sin ofrecer una salida aceptable. Una comunidad necesita algo más que continuar respirando para sentirse libre, pero también necesita sobrevivir para conservar la posibilidad de construir un futuro diferente.
Shaerrawedd y Aelirenn: cuando la memoria exige nuevos sacrificios
En La sangre de los elfos, Geralt lleva a Ciri hasta las ruinas de Shaerrawedd y le habla de Aelirenn, la figura que condujo a los jóvenes elfos a una lucha desesperada contra los humanos. El recuerdo de aquella resistencia queda asociado a una derrota devastadora y a una memoria heroica que sigue influyendo sobre las generaciones posteriores.
El episodio introduce una diferencia fundamental entre honrar a los muertos y convertir su muerte en una obligación para los vivos. Un sacrificio puede merecer respeto sin que repetirlo constituya una estrategia sensata, especialmente cuando la guerra consume a la generación sobre la que descansa la continuidad de una comunidad.
La pregunta que surge ante Shaerrawedd no es si sus defensores fueron valientes, sino si una sociedad puede permitirse medir todas sus decisiones futuras con el mismo criterio que convirtió aquella derrota en leyenda.
Desde esta perspectiva, la memoria tiene dos funciones posibles: conservar lo perdido para impedir que vuelva a suceder, o exigir nuevos sacrificios para demostrar que los anteriores no fueron inútiles. La segunda resulta particularmente peligrosa, porque puede transformar la fidelidad a los antepasados en una forma de desobediencia hacia las necesidades de quienes todavía viven.
El racismo en The Witcher: la lealtad de los no humanos siempre está en duda
El convoy de Yarpen Zigrin, también en La sangre de los elfos, muestra que la discriminación no se limita a los insultos o a la hostilidad de una multitud. La compañía de enanos escolta un cargamento al servicio del rey Henselt, pero la misión resulta ser una prueba de lealtad: las autoridades sospechan de ellos y los exponen a un ataque de los Scoia’tael que provoca varias muertes.
La perversidad del episodio reside en que el servicio prestado no basta para eliminar la sospecha. Los enanos pueden trabajar para un monarca humano y arriesgar la vida cumpliendo sus órdenes, pero siguen siendo tratados como posibles enemigos cuya fidelidad debe verificarse mediante una trampa.
Yarpen ocupa así una posición que desbarata la división cómoda entre humanos y rebeldes: es víctima de la desconfianza del poder al que sirve y de la violencia de quienes dicen combatir por los no humanos.
Pertenecer a un pueblo perseguido no significa compartir una única voluntad política. El comerciante, el soldado, el refugiado y el guerrillero pueden proceder de una misma comunidad sin tener los mismos intereses, y negar esa pluralidad constituye otra manera de reducir a las personas a su origen.
¿Son los Scoia’tael libertadores o terroristas?
La pregunta resulta comprensible, pero se vuelve engañosa cuando obliga a escoger una etiqueta que pretende explicarlo todo. El movimiento combate una discriminación real, mientras que su representación también incluye ataques a caravanas, saqueos y violencia contra poblaciones civiles; su causa y sus procedimientos, por tanto, deben evaluarse por separado.
Una reivindicación legítima no convierte en legítimos todos los medios utilizados para defenderla. Atacar a personas por su pertenencia colectiva, castigar a quienes no apoyan una rebelión o utilizar el miedo contra civiles no deja de ser condenable porque quien lo practique haya sufrido antes una injusticia.
La misma distinción debe aplicarse a las autoridades humanas: perseguir a los responsables de una emboscada no autoriza a considerar culpables a todos los elfos de una ciudad, del mismo modo que proteger una población no justifica convertir la seguridad en una excusa permanente para la arbitrariedad.
Esto tampoco obliga a fingir que todas las responsabilidades son idénticas. Un gobierno dispone de instrumentos jurídicos, administrativos y militares que una guerrilla no posee, aunque esa desigualdad no elimine la responsabilidad moral de los insurgentes.
La complejidad del conflicto aparece precisamente al renunciar a dos simplificaciones contrarias: la que borra la opresión para condenar la resistencia y la que invoca la opresión para absolver cualquier atrocidad.
Nilfgaard y los Scoia’tael: una alianza que beneficia al imperio
La relación con Nilfgaard introduce una dimensión estratégica que trasciende el enfrentamiento local. Los Scoia’tael colaboran con el imperio y contribuyen a debilitar a los Reinos del Norte mediante acciones en su retaguardia, mientras Emhyr var Emreis aprovecha esa cooperación dentro de sus propios objetivos militares y políticos.
Desde la perspectiva de los rebeldes, aceptar apoyo exterior puede parecer razonable cuando los poderes cercanos son precisamente quienes los persiguen. El problema no consiste en que toda alianza sea necesariamente una traición, sino en que los objetivos del aliado más poderoso pueden dejar de coincidir con los de la comunidad que depende de él.
Un imperio puede encontrar útil la liberación de un territorio sin estar comprometido con la libertad de sus habitantes, del mismo modo que puede reconocer a un dirigente mientras conserva la capacidad de imponerle condiciones.
Por eso, la colaboración con Nilfgaard debe leerse como una convergencia de intereses desiguales, no como una garantía de emancipación. La ayuda militar responde a una pregunta inmediata —cómo continuar la lucha—, pero puede aplazar otra mucho más importante: quién tendrá autoridad para decidir cuándo debe terminar y qué precio pagarán los combatientes.
Dol Blathanna y el precio de la protección imperial
Dol Blathanna concentra esa contradicción. Francesca Findabair obtiene el gobierno de un territorio élfico bajo el patrocinio de Nilfgaard, pero su posición exige dejar sin apoyo a los comandos Scoia’tael que habían contribuido al avance imperial y que quedan expuestos a las represalias de los reinos humanos.
La decisión puede interpretarse como un intento de asegurar la supervivencia de una parte de su pueblo, aunque para los combatientes abandonados resulte difícil distinguirla de una traición.
Ese conflicto no desaparece porque ambas partes invoquen la misma causa. Quien administra un territorio debe pensar en población, recursos y estabilidad, mientras quien continúa huyendo por los bosques puede considerar intolerable una paz de la que ha sido excluido.
La tragedia de Dol Blathanna reside en que el reconocimiento político no distribuye sus beneficios de manera uniforme: unos reciben un lugar donde reconstruir su vida y otros descubren que su sacrificio ha ayudado a levantar una frontera al otro lado de la cual ya no son bienvenidos.
Geralt de Rivia y los límites de la neutralidad
Geralt intenta evitar que los poderes del Continente lo conviertan en instrumento de sus disputas, pero esa distancia encuentra límites cuando hay personas concretas en peligro. Durante el ataque al convoy de Yarpen combate a los Scoia’tael para proteger a sus compañeros, y en La dama del lago interviene contra la violencia del pogromo de Rivia, donde resulta herido de extrema gravedad.
Estas decisiones permiten distinguir entre no querer servir a una facción y negarse a actuar ante una agresión. La neutralidad política puede ser una defensa frente a la manipulación, pero pierde su valor moral cuando se utiliza para justificar la indiferencia.
Geralt no necesita resolver toda la historia del conflicto antes de reconocer que alguien está siendo atacado injustamente, ni aceptar la ideología de una víctima para considerar que merece protección.
Desde esta lectura, su conducta ofrece un criterio más exigente que la pertenencia a un bando: juzgar los actos sin permitir que una identidad colectiva convierta automáticamente a una persona en inocente, culpable o prescindible. Es una respuesta limitada ante un problema enorme, aunque precisamente por ello conserva una dimensión que los discursos grandiosos suelen perder.
Los Scoia’tael en los videojuegos: nuevas perspectivas sobre el conflicto
Los videojuegos desarrollan estas tensiones mediante personajes, situaciones y decisiones propias. En el primer The Witcher, por ejemplo, Toruviel llega a tomar rehenes entre los habitantes de una aldea para exigir el paso de su grupo, mientras que la Orden de la Rosa Llameante y su gran maestre encarnan otra forma de hostilidad contra los no humanos.
El valor de este planteamiento está en que la persecución sufrida por una facción no impide que el jugador tenga que enfrentarse a los abusos cometidos por ella. La empatía deja de ser una adhesión sin condiciones y se convierte en una tensión entre comprender, colaborar y establecer límites.
En The Witcher 2: Assassins of Kings, Iorveth adquiere un desarrollo mucho mayor que su breve mención literaria y puede convertirse en aliado de Geralt. Su apoyo al proyecto de Saskia, donde cooperan humanos, elfos y enanos, permite explorar una alternativa a la idea de que la única salida posible sea separar definitivamente a los pueblos.
La propaganda también combate dentro de la comunidad
Thronebreaker: The Witcher Tales ofrece un ejemplo especialmente explícito mediante un texto propagandístico que llama a elfos, enanos, gnomos y medianos a colaborar con la rebelión, y amenaza con considerar traidores a quienes permanezcan al margen.
El documento permite observar cómo una apelación a la solidaridad puede transformarse en una exigencia de obediencia. Cuando un movimiento afirma representar a todo un pueblo, la discrepancia corre el riesgo de dejar de considerarse una elección legítima para convertirse en una deserción.
La presión ya no procede únicamente del poder que discrimina, sino también de quienes niegan a sus propios semejantes el derecho a decidir cómo quieren sobrevivir.
Libros, videojuegos y Netflix: por qué no deben mezclarse sus historias
La adaptación de Netflix reorganiza el conflicto élfico y establece relaciones y acontecimientos propios, como la historia familiar de Francesca y Filavandrel y su conexión con la radicalización de los elfos. Esos elementos deben interpretarse dentro de la continuidad televisiva, no trasladarse automáticamente a las novelas.
Del mismo modo, The Witcher: Blood Origin presenta una narración situada más de mil años antes de la serie principal, con personajes y conflictos desarrollados para esa producción. Su reconstrucción del pasado no equivale a una crónica escrita por Sapkowski.
Distinguir las versiones no impide compararlas, sino que permite hacerlo con precisión. Una obra puede resultar interesante por la manera en que interpreta un conflicto sin convertirse por ello en prueba de lo sucedido en otra, y una decisión del jugador puede ser decisiva para su partida sin modificar retrospectivamente el argumento de los libros.
Preguntas frecuentes sobre los Scoia’tael
¿Todos los elfos pertenecen a los Scoia’tael?
No, porque los Scoia’tael constituyen un movimiento armado y no el conjunto del pueblo élfico; además, sus comandos incluyen miembros de otros pueblos, de modo que no debe confundirse una organización política y militar con una identidad de nacimiento.
¿Por qué luchan junto a Nilfgaard si es un imperio humano?
Porque comparten enemigos inmediatos y encuentran en esa cooperación una oportunidad para combatir a los reinos que los persiguen, aunque el respaldo imperial responda a intereses estratégicos y no garantice que Nilfgaard continúe protegiéndolos cuando dejen de ser útiles.
¿Iorveth fue creado exclusivamente para los videojuegos?
No, puesto que aparece mencionado en Bautismo de fuego, aunque su caracterización extensa, su relación con Geralt y su protagonismo en las decisiones de The Witcher 2 pertenecen al desarrollo realizado por CD Projekt RED.
La tragedia de los Scoia’tael: sobrevivir sin convertirse en el enemigo
La historia de los Scoia’tael permite formular una conclusión incómoda: recordar correctamente una injusticia no garantiza actuar justamente en el presente. La memoria puede orientar la resistencia, pero también puede utilizarse para convertir a personas concretas en representantes de un enemigo al que ya no se concede ningún derecho.
Una paz digna tampoco consiste en pedir a los perseguidos que olviden mientras todo permanece igual, porque la ausencia de combate no demuestra por sí sola que exista seguridad, reconocimiento o libertad. El desafío exige algo más difícil que derrotar al adversario: construir condiciones en las que la supervivencia de unos no dependa de la humillación de otros.
Lo que hace memorables a los Scoia’tael no es que tengan siempre razón ni que carezcan de ella, sino que obligan a distinguir entre comprender una causa y justificar sus consecuencias. En esa distancia se encuentra una parte esencial de la fuerza de The Witcher: la negativa a conceder a ningún pueblo, rey o rebelde una absolución automática por la bandera bajo la que combate.




